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jueves, 18 de febrero de 2016

Cuento del Corazón de Reemplazo


Entre la niebla densa, que apenas dejaba divisar el trayecto de aquella tortuosa carretera, tumbada en el arcén y cubierta por la escarcha que dejaba el rocío en esa eterna noche de helada… se encontraba Ella.


Él transitaba por dicha travesía, en busca de un emplazamiento al que poder llamar hogar. Portaba una mochila gigantesca que contrastaba drásticamente con su estatura y peso, pero su actitud corporal no reflejaba el cansancio que sí evidenciaba su triste mirada. 


Nada más divisar la escena, dejó su equipaje sobre el pavimento y acudió raudo a investigar qué le había sucedido. Sus brazos presentaban hematomas manuales y abrasiones, y en el centro del pecho había un orificio del tamaño de un puño.


Sin mediar palabra alguna, ella se incorporó y le miró directamente a los ojos. De forma sutil, aproximó sus dedos tímidos y gráciles hacia su cutis. Al contactar, éste le narró su historia a través de sus yemas, como si el roce hubiera activado un torrente de recuerdos compartidos dentro de sus cabezas.


Su piel era un entramado de cicatrices, como si toda su existencia hubiera consistido en encontrar la orilla fuera del océano de alambre de espino en el que había naufragado tiempo atrás. Todas esas marcas formaban una antología del dolor, con tantos volúmenes como líneas contenía.


A pesar de la contrastable fragilidad natural de su epidermis, su dermis se componía de una peculiar mezcla orgánica de colágeno y kevlar. Su pellejo no podía ser atravesado por arma alguna, sólo erosionado. Ella mostró sorpresa en su cara, como quien descubre un truco de magia alucinante que te deja sin aliento. Pensó que, con aquella habilidad, no le hubieran horadado el torso.


Él, al percibir ese deseo en ella, le explicó que no nació así, que era una destreza adquirida. Simplemente un día decidió no acobardarse ante el miedo y combatirle cuerpo a cuerpo. Tras cada batalla, su cuero era recompensado con una mayor fortaleza por dicha gesta. Le declaró que, si él pudo aprender, ella también. 


A veces nos asustamos de lo que menos daño puede hacernos.


Al depositar las palmas sobre su tórax, percibió su esqueleto con la apariencia de una pequeña jaula de barrotes tan duros y flexibles como el titanio. Le relató que había sido creada por un par de maestros herreros que vivían en su interior: 


Uno era nihilista y autodestructivo, poseedor de una habilidad extraordinaria para elevar drásticamente la temperatura interna. Su único objetivo era tratar de descubrir el límite térmico de fusión de aquella estructura costal, utilizando su alma como combustible en una violenta explosión, sirviéndose del azar como acelerante y la vida de otro como detonador. 


Defendía que, en la muerte, recordamos los momentos más abrasadores y lamentamos aquellos en los que temimos quemarnos.


El otro era vitalista y creativo, vivía sumergido en el trance onírico que le inducía una potente droga, obtenida al destilar en el matraz del tiempo una disolución de bienestar y confianza. Lograba ver la singularidad de cada temple y aplicaba un método único cada vez, nunca repetía el mismo proceso. 


Argumentaba que, en la vida, no hay ningún suceso idéntico a otro y todo depende del contexto.


De pronto, ella se tambaleó. Él, con extremo cuidado, la sentó y procedió a observar dentro de su hendidura. No había hemorragias, pero allí faltaba su corazón. Su rictus estaba invadido por la aflicción y la desesperanza, y él… sólo pensó en una solución posible.


Hendió sus propias manos en su abdomen, sorteando la inmensa resistencia de la piel con relativa facilidad al identificarse como tejido propio, y siguió la única trayectoria posible evitando su metálico armazón costal. No gritó, aunque dejaba patente en sus gestos el tormento del procedimiento. Era su deber intentar su salvamento.


Cuando llegó a agarrar su víscera cardiaca, tiró de ella hacia afuera con contundencia. Se lo entregó, depositándolo entre sus pulmones a través de la abertura. Al instante, ella sintió una descarga de potencia sin límite. Percibía el entorno libre de condensación, su agudeza visual se había disparado a tal punto que la oscuridad nocturna había tornado en luminosidad diurna.


Se sentía viva de nuevo, colmada de energía que anhelaba utilizar. Una sonrisa repleta de honestidad saturaba su tez y sus movimientos comenzaron a exaltarse. Él se tendió en el suelo, extenuado ante su magno esfuerzo. A ella le pareció un misterio como conseguía sobrevivir, así que se acostó junto a él, acurrucándose mediante un abrazo, y le preguntó:


“- ¿Cómo es esto posible?”


Él le respondió, en un tono plenamente alegre:


“- Puedo vivir sin un corazón mientras esté cerca del que yo te he prestado. Ahí, latiendo dentro de ti, está confiada mi esperanza. Mientras no sufras de nuevo, ambos saldremos de ésta.”


En aquel instante, un automóvil se detuvo frente a los dos. Un rostro borroso asomó por la ventanilla y espetó: 


“- Eh, guapísima… ¿quieres pasar un buen rato?. Veo que tienes un corazón nuevo a estrenar… ”. 


Ella se levantó del asfalto, agachó la cabeza y se montó en el coche. Sin mirar atrás.



Y allí, entre la niebla densa, que apenas dejaba divisar el trayecto de aquella tortuosa carretera, tumbado en el arcén y siendo cubierto por la escarcha que dejaba el rocío en esa eterna noche de helada… le encontraron a Él.




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miércoles, 4 de febrero de 2015

Cuento del Bosque Intimidante y la Madriguera Interminable

Esa noche Odeim Romet no podía dormir. Y no era la primera vez, se había convertido en algo habitual desde hacía varios días. Resultaba curioso que así fuera, ya que todos sus sueños iban a hacerse realidad mañana. Y no era desconfianza por no haber llegado aún dicho momento, ni siquiera esas cosquillas de impaciencia que nos recorren el interior ante las puertas de la felicidad. La emoción que le mantenía en vigilia le era conocida, pero nunca había llegado a ser tan enorme ni tan amenazante como ahora, como en ese mismo instante. Era puro y genuino Terror.



En pocas horas, contraería matrimonio con Laedi Etreus, su novia desde la mas temprana adolescencia. Alguien a quien conocía perfectamente, hasta el mas mínimo resquicio de su personalidad le resultaba familiar. Tan adaptados estaban que apenas recordaba un par de riñas en su extensa relación de años, y en ambas simplemente tenían puntos de vista diferentes que, tras unas horas separados, a los dos les parecieron nimiedades. Era tan perfecta que ahora, cuando iba a dar el paso definitivo con ella, creía que no le esperaría nada mas que “un día normal repetido hasta el infinito”.



Además con el enlace obtendría como regalo de bodas paterno la propiedad total del negocio de los Romet, la única clínica odontológica del lugar. Hacía ya varios años que ejercía al lado de su padre, del que siguió ejemplo hasta llegar exactamente a mañana, cuando recogería el testigo para que su padre se jubilara y pudiera, al fin, dedicarse a viajar. Ahora sería él el único encargado de la Salud Dental de todo el pueblo, algo que ya hizo durante casi media vida. Imaginaba que, cada vez que viera una nueva boca abierta frente a él a partir de entonces, se sentiría como en medio de una cadena de montaje a pesar de ser ahora su propio jefe.



Pensaba que una vida monótona como se le estaba presentando ésta era menos vida. Que si tenía tanto miedo era una certeza de que moriría poco a poco si cruzaba esta línea, que debía ser un signo claro de peligro... porque es estúpido temerle a la felicidad, ¿no? Claro, no podía ser eso. Tenía que ser una llamada de atención, eso sí podía ser. Este pánico le estaba pidiendo que sobreviviera, aquí sólo hallaría su declive, debía dejarse llevar hacia otra parte... cualquiera que no fuera esta.



Y entonces, tras llegar a esa conclusión, se levantó de la cama de un salto, se vistió apresuradamente y huyó por la ventana, adentrándose a la máxima velocidad que le permitieron sus piernas en el inmenso bosque que limitaba con su hogar. Sin mirar atrás, sin vacilar mientras tuviera encima esa sensación angustiante dentro.



Cuando la falta de oxígeno y eficiencia muscular le detuvo, no era consciente de cuanto había estado corriendo ni la dirección que había tomado. A pesar de sentirse cada vez mas desorientado y confuso, en ocasiones le venía un tenue recuerdo de su dilema, el pavor volvía a acariciarle y comenzaba de nuevo a correr, sin pensar en nada mas que en dirigirse hacia donde no se sintiera así. Tenía que sobrevivir, y aquí aún no se sentía seguro. No había todavía la suficiente distancia entre su problema y él.



El bosque se había hecho mas denso, tanto que apenas se podía vislumbrar el cielo entre las innumerables ramas que se entrelazaban entre sí, tejiendo una especie de cúpula orgánica que no dejaba pasar la luz, permaneciendo el interior en una penumbra constante. Era ya tan lejano el recuerdo de cuando se había adentrado en él, que el tiempo ya no importaba, ya ni existía. Tan lejano que tampoco podía acordarse ni de quien era ni de donde había partido. Ni siquiera sabía hacia donde se dirigía. Su existencia resultaba en ese momento muy similar a la de un fantasma.



Mientras vagaba entre las sombras, reptando entre el musgo y las hojas secas que se acumulaban en el suelo, volvió a percibir de nuevo la fría mano del Horror. Se detuvo silencioso y usó sus sentidos para tratar de averiguar que peligros le acechaban. Estaba convencido de que aquel lugar le mostraría su cara mas atroz y debía evitar ser descubierto.



Al instante, todo el bosque al unísono comenzó a interpretar una compleja sinfonía inquietante, como la que precedería a la mas desgarradora de las muertes. Un Réquiem compuesto expresamente para él. Los búhos ululaban al compás que marcaba el crepitar de la madera, los lobos aullaban en armonía con las ramas y sus sibilantes hojas meciéndose bajo el viento.



Hasta podía llegar a oír a las arañas susurrar. Imaginaba cientos de ellas escondidas entre los árboles, tejiendo una red casi imperceptible en la que quedaría atrapado tratando de huir del destino aciago que este ecosistema hostil anhelaba para él. Todos ellos unidos, conspirando contra su vida. Todos ellos le querían como alimento.



Se sentía envuelto por la amenaza, no había ninguna vía de escape posible al estar rodeado por un muro de ojos brillantes, de figuras amorfas que se fundían con la oscuridad reinante, otra cómplice mas de esa tenebrosa familia forestal. Rodeado y paralizado. Sólo quedaba huir hacia abajo, adonde se deslizan las raíces de los árboles para obtener sus nutrientes. Así que, con un ritmo diligente y desesperado, comenzó a excavar.



Lo que en principio era una simple hondonada en la tierra, pronto se convirtió en un cubil. Mas tarde, en una extensa madriguera de pasadizos estrechos donde la única dirección posible era avanzar lo mas lejos posible de aquel bosque intimidante. Quien sabe, igual hasta aparecería en el otro extremo del mundo.



En ocasiones, la ruta se volvía tan angosta que tenía que desplazarse lentamente a través de un agujero ínfimo, conteniendo la respiración porque con el pecho distendido no podía atravesarlo. Evitaba aumentar el nivel de pánico sublimando la idea de que podía quedarse atascado... Atascado en medio de él mismo.



Solía lograr pasar continuaba su incesante perforación, pero en otras ocasiones su pesadilla se hacía real y se quedaba allí, atorado, sin poder expandir sus pulmones y gritar. Y, simplemente... se desvanecía. Al despertar, su cerebro volvía a pensar en excavar y retomaba su ya única tarea en su ya simple existencia.



Si se topaba con la mas inquebrantable de las rocas en medio de su trayectoria, lejos de cambiar su rumbo, arremetía con sus manos como si fueran a disolver la roca. Cegado por la frustración, se quebraba dedos y uñas contra la piedra, sumando daños a la continua erosión que la tierra húmeda le estaba produciendo en toda la piel. Acababa aceptando que no se doblegaría a su voluntad cuando no le quedaban mas falanges por fracturarse. Emitía un apagado sollozo y, esta vez sí, variaba su devenir.



La madriguera se había convertido para Odeim en un laberíntico infierno subterráneo, una sepultura en vida. Era ya tan lejano el recuerdo de cuando se había introducido en ella, que el tiempo nuevamente no importaba, no existía. Tan lejano que sus sentidos habían perdido sus funciones, su cuerpo era una masa deforme y su cerebro únicamente generaba el impulso de arrastrarse. Un genuino y monstruoso gusano humano.



El miedo puede no matarte y aun así arrebatarte la vida.





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martes, 13 de enero de 2015

Cuento de los Destornilladores Eléctricos y el Martillo


Hace muchos años, en un universo paralelo en el que los objetos tenían vida propia, existía una ciudad llena de cientos de destornilladores eléctricos y un sólo martillo. Como en toda sociedad, la mayoría dictaba las tendencias, siendo las cualidades mas apreciadas en este caso las propias a un destornillador eléctrico: la capacidad para girar sobre sí mismo en ambos sentidos, la precisión y delicadeza, incluso la sofisticación de funcionar con energía eléctrica.


Con esto podemos llegar a imaginar la vida del martillo, el cual era el paria de dicho mundo. Siempre se le clasificó como inútil, por ser una herramienta que ejerce presión, es tosca y no funciona con electricidad. Nadie le comprendía, veían su esencia como algo perverso, algo a lo que temer. "No te fíes de alguien que no sabe girar", "Golpear es cosa de gentuza" eran dichos frecuentes que hicieron pensar al martillo que, si todos lo pensaban así y nada demostraba lo contrario... Tal vez fuera cierto y él no sirviera para nada.


Tampoco ayudaba que el único trabajo que existía consistía en quitar los tirafondos que cerraban las cajas que les enviaban desde su país vecino. Dichas cajas contenían nuevas baterías que les permitían seguir siendo funcionales, eran su alimento. El martillo estuvo sólo un día trabajando, ya que la única forma que tenia de abrir las cajas era rompiéndolas, algo que era un tabú en dicha ciudad, ya que les servía también como casa... Nada podía romperse si se hacía un buen trabajo, lo contrario es de descuidados. El martillo fue despedido y se dejó llevar por la desesperanza. Todo en él estaba mal, y todos tenían razón... Un martillo no valía para nada, él no valía nada. De hecho no tenía ni casa, era el único indigente.


Pero, un día, sucedió algo inexplicable. Las cajas que empezaron a llegar ya no estaban cerradas por tirafondos sino por clavos. La ciudad entró en colapso, nadie acertaba a descifrar como podían abrir de nuevo las cajas... Por mas que giraban sobre la cabeza del clavo éste no salía. Y cuanto mas lo intentaban mas electricidad perdían, y sin abrirlas llegaría el momento en el que sus baterías se vaciarían, muriendo funcionalmente. La prioridad de toda la sociedad era abrir esas malditas cajas como fuera.


Tras varios días de intentos alguien recordó el único día en el que el martillo trabajó con ellos y, de pronto, aquel suceso dejó de ser un chiste para convertirse en una especie de leyenda. El martillo fue capaz de abrir cajas independientemente de los tirafondos, aquello fue un hecho. Si pudo con aquello... ¿Podría repetirlo con las nuevas cajas?


Cuando le pidieron por primera vez que rompiera las cajas se negó, ya que pensaba que era una broma mas. La segunda vez también se negó, aunque no dio motivos. La tercera dijo que le encantaría intentarlo, pero no se veía capaz... Él era un inútil y por eso se negó anteriormente, aunque no lo había dicho por lo doloroso que era para él recordar su pasado. La cuarta vez, por fin, dijo que lo haría.


El argumento que dio es que, aunque sabia que nadie le apreciaba, le necesitaban y él no podía dejarles de lado. Aunque ahora le pidieran algo que estaba prohibido incluso en las normas de la sociedad, les sacaría del apuro.
Se dispuso ante las cajas y simplemente hizo lo que es natural en él... Golpear con saña. Los pedazos de tablón volaban cuando eran golpeados por el martillo con la parte gruesa de su cabeza, y todos le aplaudían, aunque la mayoría seguía pensando dentro de si "yo no sería capaz de hacer eso, sigue siendo de herramienta poco elegante"... Pero la necesidad mandaba y si el martillo se enteraba, estarían jodidos... Así que mejor animarle.


Tras haber abierto unas cuantas, el martillo se detuvo un instante, como congelado. Todos los destornilladores se callaron, sorprendidos... Expectantes. ¿Que le pasaba al martillo? Entonces, éste se dio la vuelta y agarró un clavo por "esa parte bífida de detrás de la cabeza". Nunca nadie, ni siquiera el martillo, se había preguntado para que servía, incluso se consideró un defecto físico de éste durante años. Cuando hizo palanca y el clavo cedió, los destornilladores se quedaron boquiabiertos... Había conseguido hacer un trabajo preciso, elegante y limpio. El paria podía ser como ellos.


Cuando acabó de abrir todas las cajas, el martillo estaba exhausto pero feliz. Nunca en su vida había sido vitoreado así, pero aun mas importante fue el sentirse útil, haber conseguido redescubrirse a sí mismo. Ya no se veía de la misma forma... No era malo no ser eléctrico, ya que no dependía de ello y, en aquella crisis, fue el único que no temió por él mismo. No era malo usar la fuerza, ya que cuando se necesita es peor no poder utilizarla. E incluso había aprendido de los destornilladores a ser delicado como ellos y, a su vez, conseguir hacerlo mejor (de hecho, ningún destornillador había sacado un clavo jamás y él podía sacar cientos).


A los pocos días se acabó el total reinado del martillo, ya que las cajas volvieron a llegar, en su mayoría, con tirafondos. Aunque, de vez en cuando, aparecían algunas con clavos. Todo volvió a ser parecido, y a pesar de que un día al año se recordaba la gesta en agradecimiento, los destornilladores seguían admirando sus cualidades por encima de todo. El martillo era mas respetado, porque al menos le dejaban abrir esas pocas cajas que llegaban con clavos y ahora ya disponía de una caja-casa como la del resto, pero le parecía insuficiente ese poco trabajo sabiendo todo lo poderoso que podía llegar a ser.


Así que comenzó a guardar las tablas y los clavos, y así, cuando hubo reunido el valor necesario, hizo lo que nadie en dicha ciudad siquiera llegó a imaginar: fue el primero en construir algo... Una casa de verdad. Y tanto le envidiaron que tuvo que construir una para cada uno de los demás, siendo éstas cada vez mas complejas, cada vez mas sólidas. Y cada vez mas perfectas.


Y ya no importaron sus virtudes, aquellas que les salvaron a todos en la "crisis de los clavos". Ni sus defectos al compararse con la mayoría, ni siquiera todo el dolor del pasado. Porque ahora tanto él como los demás le veían tal y como realmente es: "El Martillo". Alguien único, individual... indivisible.





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