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lunes, 11 de junio de 2012

Historias Cortas Con Finales Trágicos - 29 Febrero 1980


El sonido del teléfono rompe el silencio presente en el despacho de dirección de las bodegas Sansourire, haciendo estremecer a Max. Descuelga el auricular, esperando a que su interlocutor calme su nerviosismo.

- Ha sido niña! Es preciosa Max, tienes que verla… ¡Por fin tienes una hija!
- Gracias suegra, por este momento. En media hora estoy en el hospital, después de mi ritual. Ahora os veo a las tres.

Colgó el auricular sin mediar más palabra. Tenía una tarea que cumplir.

Por fin había llegado el día, tras varios años, habían conseguido tener descendencia. Su mujer, Evelyne, había sufrido dos abortos en los últimos cinco años, y Max era un hombre tradicional, no podía irse de este mundo sin crear una vida que continuara la suya, que transmitiera su legado. Tras mucho esfuerzo, y muchas lágrimas, Evelyne y él podían decir que habían triunfado.

Sonrió de una forma tan espontánea y completa que sus ojos se nublaron durante un par de segundos. Llegó su mayor sueño cumplido imaginado, su propio Nirvana. Ya era una realidad.

Salió de la habitación y fue hacia la vasta extensión de viñedos que se extendían en el exterior del complejo de oficinas. Cogió una cesta, y siguió un sendero angosto que le llevaba hacia el centro de las zonas de cultivos, donde se encontraba una gran escultura de su tatarabuelo, el fundador de las bodegas, bajo la cual se situaba una majestuosa cepa. Era el gran tesoro familiar.

La familia de Max siempre fue vinicultora, no le alcanzaba la memoria para recordar cuantos de sus antecesores habían vivido gracias a la esencia líquida de la uva. Era tal la pasión de los Sansourire por su trabajo, que tenían la costumbre de celebrar la llegada de un nuevo miembro al clan con la creación de una botella, destinada a ser conservada por su descendiente hasta el día mas feliz de su vida, el día en el que sus sueños se hicieran realidad. Podía ser una tradición absurda, pero todas en el fondo lo son, ésta al menos tenía una finalidad. Tus sueños se pueden cumplir y el esfuerzo tiene su recompensa.

Recogió el cesto y lo llevó al edificio contiguo a la zona de oficinas, donde le esperaba Simon, un hombre rudo, curtido por las incontables horas de sol pasadas vendimiando. Había sido el gran apoyo de Max desde que su hermano mayor Laurent, su mas eterno compañero,  había fallecido durante el asalto a una gasolinera.

Una broma macabra demasiado pesada, considerando que sólo paró a descansar. Casi tanto como la de sus padres, que habían muerto siendo ellos adolescentes, la vida en el campo es muy sacrificada, y la esperanza de vida no suele ser elevada.

Max siempre se lo agradeció a Simón, habiéndole ascendido durante los años hasta convertirle en su mano derecha. Si no sabía o no podía realizar una tarea, se encargaba de buscar a quien sí pudiera llevarla a cabo, era eficaz y eficiente. Max creía que llegaría lejos, y se alegraba de tener tan buen empleado a su lado.

-               Simón, ha llegado el gran día, voy para el hospital. Encárgate del cesto, nos veremos allí.
-               ¿Pero al final lo han conseguido? ¿Ha habido suerte?
-               Si, es una niña, por fin un nuevo Sansourire.
-               Vaya, se me acabó el chollo, ya nunca podré hacerme con el control de todo esto (dijo Simon a carcajadas, abrazando a Max).
-               Nunca he sido tan feliz…
-               Pues corre a ver a tu mujer, que te estará esperando ansiosa y deja a tu amigo del alma ocuparse de todo, tendrás la botella en unas horas.
-               Gracias, no se que hubiera hecho sin ti… verdaderamente eres la primera persona a la que deseaba contar la gran noticia… no creo que haya un amigo mejor.
-                
En cuanto acabó su última frase, se dio la vuelta y marchó.

Cuatro horas mas tarde, Max vuelve a la oficina. Había dejado a Evelyne dormida junto a su madre, la cual estaba radiante por ser abuela tras tanto tiempo de espera. Vivía a quinientos kilómetros, y Max tenía todas las noches de su vida para disfrutar de su mujer y su hija, ella sólo unos días al año, con suerte.

Cuando entró en el despacho, se encontró sobre la mesa una botella. Cogiéndola con la mano izquierda, escribió con su pluma sobre la etiqueta “ADA”, y la volvió a depositar sobre su mesa. Acto seguido, cogió una copa de cristal del minibar que se encontraba a la derecha de la puerta, y se sentó en su butaca. Abrió uno de los cajones del escritorio, y sacó otra botella, ligeramente cubierta de polvo, en cuya etiqueta se leía “MAX”.

Abrió el tapón, se sirvió media copa, y tras absorber el aroma que desprendía, suspiró de alivio. El círculo se volvía a cerrar.

-               Por fin…

viernes, 25 de mayo de 2012

El Avernadero - CAPÍTULO 2: Se el rey de ti mismo y nada mas importará, ya que Dios nos odia a todos


Los seres humanos han construido un planeta, continentes, países, ciudades, hogares, personalidades… Forman parte de un todo, una estructura global compuesta de diminutos universos. Toda persona se comporta dentro como un átomo, inconforme con su estado, ansioso por recibir los electrones que necesita para lograr su estabilidad. Al mismo tiempo, toda alma vive anclada en un recipiente lo suficientemente amplio como para permitir su movimiento y lo suficientemente ínfimo como para sólo contenerla a ella. Esto provoca que no haya lugar en el cosmos para un Homo Sapiens capaz de darle la paz que desea, no hay más refugio que lo que esconde su piel. Todos están solos y nada de lo que puedan hacer cambiará ese hecho.

Un océano les separa, universos alternativos con sus propias reglas, leyes intangibles que salvo en el suyo propio resultan incomprensibles. Un idioma lo suficientemente encriptado para que sólo ellos puedan descifrarlo, y eso en el mejor de los casos, ya que la mayoría viven perdidos en ellos mismos. Y mientras tanto siguen teniendo fe en sus deidades, tratando de depositar su destino en algo externo a ellos. Aman a un Dios que si existe, les odia a todos.

Y se todo esto porque antes era uno de ellos. Veía desconfianza en cada mirada, en cada conversación, contemplaba como las semillas que plantaba nunca germinaban hasta alcanzar su madurez. Todos a mi alrededor se comportaban como si fuera el animal apaleado que te observa pero nunca te deja acariciarle. Y ser una especie de lobo solitario dolía, porque sólo yo oía mis aullidos, intentaba alcanzar una luz que ni siquiera lograba ver, agonizaba por encontrar pegamento para juntar mis fragmentos, o un mazo que rompiera el frasco que me separaba del resto.

Acabé anocheciendo con la salida del sol y amaneciendo entre la oscuridad. Buscaba el tacto del silencio en todos los rincones, la paz envuelta en sombras. Sólo yo y la resonancia de mi propia voz dentro de mi cráneo. Respiraba fuego porque al menos las quemaduras me recordaban que estaba vivo. El aire siempre ha estado sobrevalorado. Nunca escupía la sangre que brotaba de mi boca, el sabor férreo me insensibilizaba. Descubrí que si me volvía permeable al dolor, si le engullía y le digería, acababa formando parte de mi, y me convirtió en algo más ágil, más experimentado, más indeleble. El dolor acabó siendo mi maestro, y la búsqueda de placer mi perdición. Caos y Orden, Orden y Caos…

… Creía que dependía de ayuda externa para evolucionar, nunca pensé que se podía conseguir con tus propias manos… 

jueves, 10 de mayo de 2012

La Breve Historia del Castillo de Naipes


Unas manos briosas y una baraja demasiado usada coincidieron en el tiempo y el espacio y decidieron en un día de locura construir un castillo que alcanzara el cielo.

Las manos temían su garbo, su ímpetu desmedido, y la baraja su inestabilidad manifiesta y el viento.

Al final, las manos se cortaron debido a su excesiva energía y al cortante filo de los naipes, y la baraja voló por los aires... y ya no hubo castillo que construir, ni cielo al que llegar.

FIN

lunes, 23 de abril de 2012

El Avernadero - CAPITULO 1: Aferrarse A Algo Inamovible Impide Tu Caída Libre Hacia El Infierno


… Toda mi Fe está depositada en este lugar, mi Avernadero…

Es lo único que me importa, lo único que me hizo olvidar mi empeño en matarme. Sin Él estoy sentenciado, regresará el vacío y esta vez me engullirá íntegramente, dispersando mis moléculas entre las suyas, conquistándome al fin.

No estoy loco, simplemente tengo una misión.

Ellos no corromperán este lugar, yo soy el elegido. Vendrán a hacerse con el control y encontrarán mi ira. Alimentaré al Avernadero con sus almas, crecerá su poder y entonces nadie podrá dañarme de nuevo…