martes, 13 de enero de 2015

Cuento de los Destornilladores Eléctricos y el Martillo


Hace muchos años, en un universo paralelo en el que los objetos tenían vida propia, existía una ciudad llena de cientos de destornilladores eléctricos y un sólo martillo. Como en toda sociedad, la mayoría dictaba las tendencias, siendo las cualidades mas apreciadas en este caso las propias a un destornillador eléctrico: la capacidad para girar sobre sí mismo en ambos sentidos, la precisión y delicadeza, incluso la sofisticación de funcionar con energía eléctrica.


Con esto podemos llegar a imaginar la vida del martillo, el cual era el paria de dicho mundo. Siempre se le clasificó como inútil, por ser una herramienta que ejerce presión, es tosca y no funciona con electricidad. Nadie le comprendía, veían su esencia como algo perverso, algo a lo que temer. "No te fíes de alguien que no sabe girar", "Golpear es cosa de gentuza" eran dichos frecuentes que hicieron pensar al martillo que, si todos lo pensaban así y nada demostraba lo contrario... Tal vez fuera cierto y él no sirviera para nada.


Tampoco ayudaba que el único trabajo que existía consistía en quitar los tirafondos que cerraban las cajas que les enviaban desde su país vecino. Dichas cajas contenían nuevas baterías que les permitían seguir siendo funcionales, eran su alimento. El martillo estuvo sólo un día trabajando, ya que la única forma que tenia de abrir las cajas era rompiéndolas, algo que era un tabú en dicha ciudad, ya que les servía también como casa... Nada podía romperse si se hacía un buen trabajo, lo contrario es de descuidados. El martillo fue despedido y se dejó llevar por la desesperanza. Todo en él estaba mal, y todos tenían razón... Un martillo no valía para nada, él no valía nada. De hecho no tenía ni casa, era el único indigente.


Pero, un día, sucedió algo inexplicable. Las cajas que empezaron a llegar ya no estaban cerradas por tirafondos sino por clavos. La ciudad entró en colapso, nadie acertaba a descifrar como podían abrir de nuevo las cajas... Por mas que giraban sobre la cabeza del clavo éste no salía. Y cuanto mas lo intentaban mas electricidad perdían, y sin abrirlas llegaría el momento en el que sus baterías se vaciarían, muriendo funcionalmente. La prioridad de toda la sociedad era abrir esas malditas cajas como fuera.


Tras varios días de intentos alguien recordó el único día en el que el martillo trabajó con ellos y, de pronto, aquel suceso dejó de ser un chiste para convertirse en una especie de leyenda. El martillo fue capaz de abrir cajas independientemente de los tirafondos, aquello fue un hecho. Si pudo con aquello... ¿Podría repetirlo con las nuevas cajas?


Cuando le pidieron por primera vez que rompiera las cajas se negó, ya que pensaba que era una broma mas. La segunda vez también se negó, aunque no dio motivos. La tercera dijo que le encantaría intentarlo, pero no se veía capaz... Él era un inútil y por eso se negó anteriormente, aunque no lo había dicho por lo doloroso que era para él recordar su pasado. La cuarta vez, por fin, dijo que lo haría.


El argumento que dio es que, aunque sabia que nadie le apreciaba, le necesitaban y él no podía dejarles de lado. Aunque ahora le pidieran algo que estaba prohibido incluso en las normas de la sociedad, les sacaría del apuro.
Se dispuso ante las cajas y simplemente hizo lo que es natural en él... Golpear con saña. Los pedazos de tablón volaban cuando eran golpeados por el martillo con la parte gruesa de su cabeza, y todos le aplaudían, aunque la mayoría seguía pensando dentro de si "yo no sería capaz de hacer eso, sigue siendo de herramienta poco elegante"... Pero la necesidad mandaba y si el martillo se enteraba, estarían jodidos... Así que mejor animarle.


Tras haber abierto unas cuantas, el martillo se detuvo un instante, como congelado. Todos los destornilladores se callaron, sorprendidos... Expectantes. ¿Que le pasaba al martillo? Entonces, éste se dio la vuelta y agarró un clavo por "esa parte bífida de detrás de la cabeza". Nunca nadie, ni siquiera el martillo, se había preguntado para que servía, incluso se consideró un defecto físico de éste durante años. Cuando hizo palanca y el clavo cedió, los destornilladores se quedaron boquiabiertos... Había conseguido hacer un trabajo preciso, elegante y limpio. El paria podía ser como ellos.


Cuando acabó de abrir todas las cajas, el martillo estaba exhausto pero feliz. Nunca en su vida había sido vitoreado así, pero aun mas importante fue el sentirse útil, haber conseguido redescubrirse a sí mismo. Ya no se veía de la misma forma... No era malo no ser eléctrico, ya que no dependía de ello y, en aquella crisis, fue el único que no temió por él mismo. No era malo usar la fuerza, ya que cuando se necesita es peor no poder utilizarla. E incluso había aprendido de los destornilladores a ser delicado como ellos y, a su vez, conseguir hacerlo mejor (de hecho, ningún destornillador había sacado un clavo jamás y él podía sacar cientos).


A los pocos días se acabó el total reinado del martillo, ya que las cajas volvieron a llegar, en su mayoría, con tirafondos. Aunque, de vez en cuando, aparecían algunas con clavos. Todo volvió a ser parecido, y a pesar de que un día al año se recordaba la gesta en agradecimiento, los destornilladores seguían admirando sus cualidades por encima de todo. El martillo era mas respetado, porque al menos le dejaban abrir esas pocas cajas que llegaban con clavos y ahora ya disponía de una caja-casa como la del resto, pero le parecía insuficiente ese poco trabajo sabiendo todo lo poderoso que podía llegar a ser.


Así que comenzó a guardar las tablas y los clavos, y así, cuando hubo reunido el valor necesario, hizo lo que nadie en dicha ciudad siquiera llegó a imaginar: fue el primero en construir algo... Una casa de verdad. Y tanto le envidiaron que tuvo que construir una para cada uno de los demás, siendo éstas cada vez mas complejas, cada vez mas sólidas. Y cada vez mas perfectas.


Y ya no importaron sus virtudes, aquellas que les salvaron a todos en la "crisis de los clavos". Ni sus defectos al compararse con la mayoría, ni siquiera todo el dolor del pasado. Porque ahora tanto él como los demás le veían tal y como realmente es: "El Martillo". Alguien único, individual... indivisible.





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