jueves, 7 de abril de 2016

Bark Drimmel


Ya en nuestro primer contacto, dejó patente su fuerza desmedida y su carácter insurrecto. A pesar de estar amarrado, fueron necesarios cuatro hombres fornidos para contenerle y trasladarle al que sería su nuevo alojamiento. Un cuarto minúsculo con una cama y un pequeño armario como único mobiliario. Mientras era arrastrado, gritaba: 


“¡Me encerraréis aquí, pero nunca quebraréis mi voluntad! ¡Soy Bark Drimmel, un Hijo de Marte, putos terrícolas! ¡No podréis someterme nunca!”


Aunque todos los confinados allí eran tan extravagantes en todo lo que eran y hacían, él destacaba entre todos ellos. Su metro noventa de altura llamaba la atención de cualquiera, pese a que más tarde me aseguró que eso era considerado ligeramente sobre la media en su tierra natal. Junto a su piel lechosa, carente de vello corporal y llena de laceraciones amoratadas, formaban un coctel difícil de obviar.


Durante aquellas semanas fue el tema central de las conversaciones entre el personal, rumores sin confirmar sobre su leyenda personal y cómo había sido capturado, si bien él por su parte nunca confirmó nada de todo aquello. Rechazaba cualquier comunicación con nosotros y el resto de los cautivos, nos consideraba poco dignos en comparación a los de su “raza divina”.


Me costó varios días ganarme su confianza, que viera más allá de mi status de “carcelero terrestre”, a alguien dispuesto a escucharle. Conseguí hacer desaparecer su reticencia a relacionarse cuando, durante una larga e insomne noche, nos hicimos mutua compañía.


Le resumí mi biografía vital, sin cohibirme tanto en emoción como en opinión, me mostré tan transparente como pude. Logré mostrarle esa esencia que compartimos todos los seres vivos, esa que nos hace empatizar con otros y convertirlos en iguales. A partir de ahí, fue él quien me correspondió narrándome la Historia de su estirpe marciana y sus propias hazañas.


Me contó como el Clan de los Elementales realizó un experimento en nuestro Sistema Solar. Originarios de Antares, una de las estrellas más luminosas del firmamento, y siendo poseedores de la tecnología más avanzada de todo el Cosmos, se dedicaron a diseminar sus creaciones orgánicas en cada uno de los planetas que lo forman. Algunas no florecieron y desaparecieron, otras germinaron y prosperaron, como es el caso de Marte y la Tierra.


Aunque tenían algunas leves modificaciones genéticas específicas para hacer posible una mejor adaptación a cada medio en particular, partían de un diseño biológico similar. Me argumentó que, por dicha razón, no se aprecia mucha diferencia morfológica entre nuestras especies y se nos puede confundir a simple vista. Todo eso de los “hombrecillos verdes y cabezones” es una falacia producto de la fantasía colectiva desmedida de la ignorancia terrestre.


Su piel demacrada se debía a la fotosensibilidad y a nuestra agresiva atmósfera rica en oxígeno. En el Orbe Rojo viven bajo tierra y requieren una cantidad mínima de O2 para respirar. Y es precisamente su escasez de recursos naturales lo que gestó esa personalidad conquistadora y beligerante marciana, esa obligación moral que les empuja a apoderarse de los bienes de otras civilizaciones.


Siempre le escuchaba sin juzgarle, aunque supiera que todo aquello era un elaborado delirio. Bark sólo necesitaba algo de atención y cariño mientras los antipsicóticos que le administrábamos iban estabilizando el desequilibrio neuroquímico que le provoca su enfermedad mental.


Tras el paso de los días acabó recordando que realmente se llama Mark, que es uno de los nuestros y padece esquizofrenia además de neurodermitis. No es un guerrero, no surca el espacio para invadir otros mundos, vive confinado en casa de sus padres con una única ocupación: 



Tratar de discriminar qué es real y qué no. 




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